martes, 27 de mayo de 2014

La escritura invisible


VEINTE CUENTOS IMPROBABLES

FRANCESCA GARGALLO

http://www.jornada.unam.mx/2007/02/25/Images/sem-leer1.jpg
Gustavo Ogarrio,
La escritura invisible. Antología de narradores introvertidos,
eón-Secum-imju,
México, 2006.

Hace unos veinticinco años, en San Salvador, que era una ciudad tan improbable como Guayaquil o Morelia, un grupo de amigos decidió publicar una antología de literatura pura; es decir, unos cuentos que se sostuvieran a sí mismos sin tener que recurrir a su autor o autora. Literatura sin autoridad de persona, sin nombre que se impone. Algo de esa idea, que en ese entonces me pareció revolucionaria como me sigue pareciendo, retornó a mi mente mientras desgranaba La escritura invisible. Antología de narradores introvertidos, diría más bien escondidos detrás de sus historias, todas tan falsas como la verdad.

El error de los salvadoreños radicó en que escogieron obras que en otros países los críticos literarios habían reconocido como inmortales, antes que creer en sí mismos. Por años, de vez en cuando, me he sorprendido con el deseo de recoger historias de plumas que me dijeran algo que no estuviera de moda, que no fuera traducido, que entablara un diálogo desde la personalidad desdibujada y que, sobre todo, me sobresaltara con la contundencia de sus tramas.

Cuando inicié la lectura de esta antología no me esperaba un mal libro, pero tampoco soñaba con encontrarme con algo extraordinario. Extraordinario, fuera de lo ordinario, de la normalidad banal: sí. Un cuerpo despedazado en una cama ("Quehaceres postergados", Yanna Hadatty), del que no se ve ni la sangre ni se recuerda qué motivó el descuartizamiento; los recuerdos que no fluyen y sólo remiten al desencuentro consigo mismo ("Marruecos, por ahí, cerca", Raúl Mejía); una primera comunión prostibulesca que desconoce el placer orgásmico pero otorga poder sobre un viejo reaccionario ("La noche del Bucanero", Gabriel Mendoza); la poesía escrita clandestinamente en los pizarrones de una escuela, que organiza complicidades y provoca las primeras tristezas que deja el arte ("Nunca seremos poetas", Gustavo Ogarrio), mellizos guayaquileños de ternuras brutales ("Los modales de los mellizos Urraza", Jorge Vargas Bohórquez), mañanas nostálgicas cuyo daño se expresa en el tráfico ("Mediodía", Nektli Rojas) e impensables muertos hermosos en la acera de enfrente que mueven a la solidaridad y dispensan amor ("Un muerto en nuestra calle", Antonio Monter). Las tramas sostienen historias, narran hechos que bien pueden ser evocaciones, pero jamás palabras dispuestas tan sólo para agradar un público culto que se aburre.

¿Por qué los amantes que no se mienten ("El juego", Sergio Monreal), los que se pretenden perfectos como un nudo de corbata ("De nudos y desnudos", Homero Quezada) y los que se atreven a cruzar las barreras del placer están necesariamente obligados a separarse? Preguntas de este tipo me brotaron mientras leía uno tras otro este conjunto de cuentos recogidos al margen de su experimentalidad –que sí la hay– y de su contemporaneidad. Son cuentos de tiempos no vividos y de bandas callejeras con códigos éticos pervertidos que evocan la tragedia del olvido y dan vida a sicarios animalescos ("El sicario", Armando M. Zanker) que se nutren de los odios de la adolescencia, para llevarnos de repente al viaje que reúne a la anciana tocada por la violencia de las dictaduras y al joven que llora de antemano la muerte del amigo poeta que no pudo ser héroe ("El baile de Augusto", Gustavo Ogarrio). Cuentos de una mañana de resaca interrumpida por la predicadora evangélica ("Animales impuros", Ramón Lara), de un autobús que rueda fuera del tiempo de la vida ("La lluvia que borra los caminos", Gabriel Mendoza), de una noche en el auto sin atreverse a abordar una prostituta deseada también para derrotar a la vejez ("Mojado te parto en dos", Antonio Monter).

Quizá es el asco frente a una literatura que se ha convertido en una máquina de famas sin letras que expresen realmente algo, o es el desprecio por las lenguas que no cargan lugares, olores y sentires, pero hay algo heroico y por lo tanto ingenuo en las y los once narradores de esta antología cuando nos proponen estos veinte cuentos como sombras que se escabullen en un atardecer de neblina, o como sirenas de barco en la noche sin luna. Ahora que he terminado de leer sus narraciones me atrevo a afirmar: la literatura, la necesidad de decir algo que mueva las entrañas y enseñe lo no decible, por suerte no ha muerto asfixiada por el glamour. Creo que eso es lo que quisiera agradecer a los cuentos de Yanna Hadatty Mora, Ramón Lara Gómez, Armando Zanker, Raúl Mejía, Gabriel Mendoza, Sergio Monreal, Antonio Monter Rodríguez, Homero Quezada, Nektli Rojas, Jorge Vargas Bohórquez y al antologador –y también coautor– Gustavo Ogarrio.

 

miércoles, 21 de mayo de 2014

Un retrato por la narrativa de Ramón Lara Gómez


  • Rafael Calderón Torres

UN RETRATO POR LA NARRATIVA DE RAMÓN LARA GÓMEZ

Pocas veces en la historia de la literatura infantil, región Michoacán, se ha publicado una colección digna de ser llamada emblemática. El caso más reciente, muy bien representada por la calidad de los autores con los que se inaugura la colección, está visible esa identidad literaria, se puede hablar de esto por la obra de dos autores: Ramón Lara Gómez y Ramón Méndez Estrada.


De Lara Gómez, hay que decir que su madurez narrativa ya es un logro imposible dejar de lado y es un elemento fundamental, el lugar ya está determinado con la escritura del cuento breve; si se tenía la idea que rondaba también por otros géneros literarios, ahora, con Amigo imaginario (Secum, 2013) consolida por primera vez una obra distinta en todo cuanto ha publicado.


Su historia desarrollada por el suspenso, el drama, armada hacia una unidad de temas y giros de la vida cotidiana donde el protagonista es un yo que se desdobla en varios retratos para ir construyendo la historia que va resolviendo por la vida y la de sus amigos, sucede todo a través del mismo sentido recurrente de la vida infantil y las fantasías se extienden por ser un día adulto; pero aquí, el modelo del adulto se encuentra señalado por la presencia de la mamá del protagonista. Además de la característica que al dar el nombre de éste lleva a recuerdos que son apenas de ayer o de hace unos días, pero al dejar su intemporalidad en suspenso, muestra un tiempo incierto.


La historia se enrola por su mundo y abraza el lenguaje provocador, donde la historia es narrada por una línea y termina con un final tan sorpresivo que, el lector, será el que mejor lo encuentra como parte de un suspenso maravilloso. O girar hacia otra realidad, como ya lo dijo en el prólogo, el poeta Jorge Bustamante García: "Amigo imaginario es un relato largo, sinuoso como la propia niñez, un cuento para chicos y grandes, que cierra con un final casi inesperado, casi sorpresivo, como lo quiere cierta cuentística provocadoramente tradicional".

 

Aquellos tiempos

Amigo imaginario

Conocí a Ramón López Gómez gracias al escritor Hugo Montaño en la Feria Internacional del Libro en Guadalajara. Entre sus obras destacan La puerta de enfrente, Palenque, la punta del campo, así como el libro colectivo El despojo soy yo editado por Anagrama, y Amigo imaginario relato del cual deseo platicar.

Amigo imaginario es la historia de un pequeño que en su afán de ser hermano menor, quizá, se inventa a un amigo imaginario, un poco mayor, y le narra las peripecias de sus días. Es a él a quien le cuenta sus enojos, alegrías, tristezas, corajes y deseos. Nada escapa a los oídos del amigo que cobra vida en la imaginación del pequeño, pues allí, en las historias habitadas por seres imaginarios, existe la posibilidad de volvernos dioses y demonios. Este bello relato infantil plantea la urgencia de que el lector recuerde su infancia y se re-encuentre con sus travesuras, sus risas, sus enojos, sus juegos favoritos, sus historias creadas al amparo de la soledad, sus berrinches; en otras palabras, que se concilie con el mundo mágico de la niñez.

Narrada en primera persona, el personaje que bien podría llamarse Pedro, Óscar, Ornán, José, o el nombre que deseen asignarle, y que es hermano mayor de Miguelito, va recordando pasajes hasta cierto punto ingenuos y tiernos como lo es el hecho de querer defenderse de un fantasma con pistolas de aguas y resorteras. ¿Es que acaso ninguno de nosotros quiso pelear contra algún monstruo imaginario con lo que, en aquellos tiempo, uno consideraba el arma más poderoso del mundo?

López Gómez tiene la habilidad para hacernos revivir a través de Amigo imaginario la pesada responsabilidad de proteger al hermano menor, los pleitos entre hermanos, las preferencias de los padres hacia los hijos más chicos, además de la malicia que emplean éstos contra los hermanos mayores al amparo de los padres. Además de estas situaciones, López Gómez nos recuerda el pavor que más de uno tuvo (o quizá aún tiene) a las inyecciones, o al médico. O los famosos berrinches que nuestros hermanos hacían para conseguir el juguete o dulce preferido, o recordarnos frente al televisor con ojos de plato mientras se trasmitía la lucha libre.

La narración de Ramón López Velarde es sin duda una invitación a salvar lo más bello que un hombre puede poseer y que es la imaginación. Fuera de ello todo es propio de gente común. Si usted aún conserva al amigo imaginario, y la gente lo ha visto hablando solo mientras camina por las calles, este libro le sentará muy bien.



jueves, 12 de septiembre de 2013

Amigo imaginario




 


Hay relatos que, a primera vista, parecen tan sencillos, que al leerlos uno podría pensar que cualquiera podría escribirlos. Pero esa aparente sencillez, tras una nueva valoración, evidencia con frecuencia una intrincada estructura que mueve muchos resortes de la memoria y de la vida. Se descubre entonces en lo narrado una naturalidad que se nutre, sin tregua, de espontaneidad e inocencia, pero también de argucia y picardía. Es el caso de Amigo imaginario, un relato transparente y vidrioso al mismo tiempo, conmovedor a toda hora a lo largo de una trama empapada de la necedad de un niño, como todos lo fuimos, cuando en la infancia inventábamos un camarada inseparable, conversábamos, jugábamos, peleábamos o maldecíamos con él para sentirnos menos solos y encontrar en ese otro inexistente reflejos de reflejos de nuestro propio ser huidizo. Al final no se sabe quién inventa a quien.

 Amigo imaginario es un relato salpicado de humor, de gracia recurrente y fina ironía, de instantes que rayan en lo soez y en lo indecente pero que al mismo tiempo chispean de encanto y simpatía, como cuando el niño narrador admira en las paredes del consultorio del doctor Rudy unas copias de las pinturas Dormitorio en Arles y Campo de trigo con cuervos del eternamente enigmático Vincent van Gogh. Amigo imaginario es un relato logrado, sinuoso como la propia niñez, un cuento para chicos y grandes, que cierra con un final casi inesperado, casi sorpresivo, como lo quiere cierta cuentística provocadoramente tradicional. Ramón Lara Gómez (Palenque, 1972) es ya un narrador consumado, autor de varios volúmenes de cuentos y la novela La puerta de enfrente y ahora de este inesperado y bien construido relato que llega desde la infancia.

 
Jorge Bustamante García

Morelia, primavera de 2013

 

 

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Lados B

RAMÒN LADO B

Ernesto Hernández Doblas


I

Todo escritor es un solitario y su escritura es una forma de guardar silencio. Allá en las regiones de su soledad dialoga con fantasmas y sombras, ajeno en tales momentos al momento del mundo. Una sutil misantropía guía su quehacer; no es con exactitud un odio al ser humano pero se le parece, porque para decir verdad con su verdad tiene que ser un lúcido detective de la mentira en la que suele complacerse el común de sus hermanos. Es un actor el escritor, un personaje que finge relacionarse con los demás, que finge saludarlos cuando los saluda, que finge vivir en los carnavales de lo social. En realidad todo lo observa con ojos de palabra. Va entre los seres y las cosas como quien se goza haciendo el inventario de una fábrica de imágenes. Como quien va recordando sueños de otro tiempo en el que el tiempo no era sino testigo invisible del abismo. Todo escritor es un solitario y su escritura es una forma de guardar silencio. Guardarse en el silencio. Las palabras del que escribe no son de las que intentan reducir el mundo a palabra sino al contrario, es decir, su meta última es abrir la dura cáscara del mundo y hacerla estallar en juegos de sentidos/imágenes y ritmos de tal manera que al final del trayecto, si éste fue enmarcado en la verdad literaria y en la del Hombre, entonces  el escritor y quien lo lee ven el rostro de un silencio que los bendice y los reconcilia con la vida y con la muerte.





II

Desde siempre, bajo el castillo donde habitan los que de la literatura hacen un juego de poder, respiran y trabajan con paciencia los demás, los otros, los que no quieren ese poder que tanto brillo tiene ante los ojos de los que tienen alma de súbditos, con la esperanza de algún día ocupar el trono codiciado o por lo menos de lustrarlo con sus lenguas prontas y prestas. Desde siempre, fuera del lugar donde los reflectores estrellan su artificial luz sobre las cosas, un lado subterráneo de la vida se hace su espacio propio, da a luz astros desconocidos y extraños pero infinitamente más profundos que los que sobre la superficie gozan su liviandad. Lados B, es una muestra de parte de la narrativa que se hace en nuestro país con el espíritu bien puesto en las zonas del riesgo. Escritores y sus textos conjuntados por Mauricio Bares, uno de esos prófugos de las cárceles de oro donde la literatura suele ser fingimiento y lujo sin lujo. Perteneciente a una generación o por lo menos a un grupo de piratas de la palabra que hace algunos años tomaron por asalto las mortecinas burocracias de un medio literario que más de una vez puso el grito el cielo y con el Jesús en la boca expulsó del paraíso a los rijosos. Sin embargo, más allá de lamentaciones o nihilismos chic, ellos se dieron a la tarea de construirse una isla a la medida de sus anarquías. En el caso de Bares, ahora nos presenta un nuevo producto de sus irredentos entusiasmos. Nuevo producto muestra de que la nobleza y la guerrilla si suelen llevarse bien. Lados B es un recorrido breve pero sustancioso por la república de las letras, pero no de aquellas que se acomodan a los usos y costumbres sino las que ante todo tienen como premisa el riesgo. Riesgo que en todo caso es característica esencial de lo que hace que la palabra escrita sea movimiento y revolución. Evolución. Ciclo renovado. Los escritores que aquí podemos leer no se andan por las ramas en cuanto a la claridad de sus apuestas. Ya sea en cuanto a los temas o en cuanto a las formas, van y toman lo que es suyo: la imaginación y la palabra no domesticadas. Podrán parecernos los resultados mejores unos que otros, pero el esfuerzo por darnos a conocer parte de ese Lado B de la literatura es digno de agradecerse en un país que tiende a la uniformidad del gusto y al elogio de las vacas que pastan en su sagrada paz.









III

Ramón Lara Gómez nació en Chiapas hace 39 años. En Palenque, para ser más específicos. Pero vientos del destino lo trajeron hasta este Michoacán. A Morelia, para ser más específicos. Con el veneno de inquietudes literarias ingresó al taller de La Cúpula, coordinado en ese tiempo por el maestro Javier Larios quien le dio las primeras herramientas y estímulos para que anduviera los caminos de la palabra. Desde entonces, ha publicado en algunas páginas de suplementos y revistas, así como algunos libros de narrativa. Desde que tuve la oportunidad de leerlo vi algunas de las características de su estilo y su poética. Dos de las cuales me han llamado desde siempre la atención. La primera de ellas, que he tenido oportunidad de confesarle más de una vez es el matiz poético de su decir. Más allá de algunas imágenes o metáforas con las que los narradores suelen embellecer y abrir las posibilidades de interpretación de su vocación de contar, en el caso de Ramón, me ha parecido desde siempre que un verdadero aliento poético se abre paso en sus narraciones, algunas de las cuales son poemas con todo derecho, tanto por su brevedad como por ser en sí, una imagen del mundo más que un relato del mismo. Este aspecto de su producción literaria me ha sido claro desde Palenque, la punta del campo, su primer libro publicado, en donde la nostalgia recorre las islas de este campo de palabras que es mar de silencios meditados por el autor. Su segundo libro lleva por título El mono ermitaño, una novela de breves capítulos que confirma que Ramón habla en serio cuando habla de tomar a la literatura como musa y demonio, como forma de diálogo y silencio. Desde entonces hasta la fecha ha participado en algunos concursos literarios y ha sido incluido en libros colectivos del cual esta es una de las más recientes muestras. En Lados B, se incluyen 14 narraciones breves que son 14 relámpagos que por aquí y por allá caen sobre los ojos del lector, que podrá acercarse a este universo literario y darse cuenta de su valor. 14 narraciones breves que desde mi punto de vista tienen 2 principales hilos conductores. Aunque sus historias parecen distintas, en el fondo van unidas por un tema que las recorre: el escritor y su circunstancia. Ya lo dijo alguna vez Octavio Paz, al quedar huérfano de mecenas y de un lugar digno en la sociedad, el escritor habla de la escritura en sus escritos, además de que la modernidad ha engendrado un estilo crítico y auto-crítico para los que hacen uso de las palabras. Así entonces, al igual que en alguno de los cuentos de Salvador Elizondo, el escritor escribe sobre un escritor que escribe la historia de un escritor. Juego de espejos. Multiplicación de los reflejos sobre el agua transparente de la página. Así, Ramón Lara nos dice por ejemplo en Recomendaciones “tampoco he escrito  el poema número 20, porque las musas no me tienen dado de alta en su diccionario de escritores”. El segundo tema de estas minificciones es la muerte, uno de los que abarca toda la historia de la literatura. La muerte, invitada de honor para quien ha sabido morir de vida. De manera indirecta o directa Ramón apunta sus flechas literarias a esa dama dark y da en el blanco y en el negro. Muerte que es melancolía o melancolías con sabor a muerte. Tarjetas postales de un presente que de tan oscuro parece un futuro probable, escrito por algún escritor loco y borracho, por un profeta sumido en la tristeza. Muerte que de pronto salta a la vista de un niño que ama de su abuelo ese archivo vivo que repasa la historia del mundo desde el primer día del bing-bang hasta el último silencio de unos ojos que ya no tienen nada que decir. Mancha en la pared que es en realidad el reflejo de lo que somos. Muerte de ese tranvía llamado deseo e ilusión, en las piernas podridas de Bertha que ve desmoronarse el castillo en el aire donde jamás habitará. Muerte que observa y es observada. Estos textos hablan de muerte y sin embargo son la gota que derrama el vaso de la vida, de lo vital, de lo que desde la mirada del escritor tiene derecho a ser nombrado. Ramón va deletreando cada historia, cada imagen en donde vemos el mundo o por lo menos una parte del mundo, esa parte donde la tristeza se hermana con un vaso de alcohol y un poema de ceniza. Podemos decir que un proceso de madurez sin vuelta de hoja habla a través de estas historias. Una escritura pausada, una construcción sin aspavientos. Vuelvo entonces a decir que Ramón tiene alma de poeta y en el aire compone cada una de estas historias ágiles y profundas a la vez. Alma de poeta que se ve reflejada en esa síntesis, en esa capacidad de crear imágenes y ritmos. Brevedades. El escritor de relatos cortos no puede sino ser contundente. Tejer bien cada hebra de su texto para que no nazcan hoyos negros por donde la atención del lector escape o donde la intrascendencia pase lista de presente. Tiene sus complejidades la brevedad. Complejidades que Ramón resuelve bien, que bien acomoda en cada historia, que hace, como en todo buen relato breve, que la mente del lector sea el escenario donde éste se sigue escribiendo, donde los paisajes, los diálogos y los fantasmas, resuenen en la caja de sorpresas de la siempre sorprendente imaginación humana.

lunes, 29 de agosto de 2011

Michoacán va por más...

No hubo peor poeta que Margarito Flores,
y atormentó a los niños con sus zalamerías
que él y los profesores
llamaban Poesías.

Confiaba en el futuro y en honras imponentes:
soñó con una estatua coronada de flores
entre los presidentes
y los gobernadores.

Todos los que le odiamos sufrimos la tortura
de recitar sus versos en todas ocasiones
frente a la prefectura
y a coro en los salones.

Merecía más odio, pero el piadoso olvido
cubrió su anonimato de negra existencia:
el arte pretendido
le dio su exacta ciencia.

                                                            Juan Domingo Argüelles.

Cada que termina una Administración Estatal, e inician las precampañas para la siguiente, es tradicional que los “Promotores Culturales” que observan nubes oscuras sobre sus cabezas y ven amenazados sus privilegios, se desvelen por acercarse al candidato a gobernador, del partido en el poder, para ahora sí, después de sus experimentaciones culturales y fallidas gestiones, entregarle un nuevo paquete de propuestas y buenas intenciones a favor de los artistas michoacanos. Pero como siempre ocurre, ya que están sentados dirigiendo el Destino Cultural de Michoacán, sólo se dedican a esperar las quincenas jugosas que gota a gota los alejan de pasar las penas que sufren los auténticos creadores por la falta de apoyos. Da pena ajena ver como una Señorona (aspirante a escritora) se pelea por obtener otro puesto más en su trayectoria. Un Aporrea Teclas quiere seguir con su beca vitalicia, y un Funcionario X desea conseguir un Record Guiness por mantenerse durante tantos años en los mejores puestos culturales que se ofrecen en la Secretaría de Cultura. Esperemos que los creadores despierten, que Michoacán despierte. Que todos nosotros NO VAYAMOS POR MÁS… hay que vacunarse contra las frases del mejor poeta de mi colonia: El arte no sirve para nada. La literatura no sirve para nada. El dinero sí…

martes, 28 de junio de 2011

El Catoblepas

El Catoblepas

En tiempos recientes, la Literatura Michoacana ha sufrido una explosión de escritores jóvenes que ejercen su oficio a través de la novela, la poesía, el ensayo y el cuento, con la pretensión de darle al mundo otra mirada. Jóvenes, la mayoría egresados de la Escuela de Letras, que apuestan por su vocación hallada. Jóvenes que tendrán que buscar dentro de sí mismos, si quieren crear algo AUTÉNTICO, devorarse a sí mismos como ese animal fantástico coleccionado por Borges en su Manual de Zoología Fantástica: El Catoblepas. Jóvenes que tendrán que bucear en su propia experiencia para poder inventar historias. Dirán algunos que esto no es necesario, pero en el fondo así es desde que Flaubert dijera: Madame Bovary soy yo.  Darío Zalapa Solorio es muy joven, nació en 1990 en Paracho, Michoacán. En 2010 ganó el IV Concurso de Ópera Prima, Narrativa, con su primer libro de cuentos: Personas desde el fondo de la laguna. Libro divido en dos partes: De los hombres de condición austera y De las mujeres de memoria etérea. En la primera parte, se incluyen los cuentos: Caín sin Rulfo, En alguna calle sin nombre, M, y Caminante. En estos cuatro cuentos encontramos tres monólogos de narradores protagonistas y uno narrado desde una segunda persona. Curiosamente en todos los cuentos del libro los narradores protagonistas no dan sus nombres. Con una mirada fría hacia su entorno y hacia ellos mismos, estos hombres y mujeres, sólo se limitan a contarnos sus experiencias y lo que para ellos significa la ruta de sus vidas.
 En Caín sin Rulfo, el Director de la revista Muros de Guadalajara, llega a Morelia para desempeñar el cargo de jefe redactor de la imprenta universitaria. Mientras espera el taxi que le envía la universidad para recogerlo él nos cuenta sus preferencias de lectura: Sartre, Kafka, Camus, Saramago y su entrañable Rulfo que deja olvidado en la casa de su madre. Entre espera y espera, a pinceladas, nos cuenta su fracaso amoroso con Sara y el futuro que le espera en su nuevo trabajo… que promete ser brillante, pero que se puede tornar gris como este día de viaje.
En alguna calle sin nombre, un muchacho que trabaja en un negocio de renta de películas, pasa los días bebiendo y fumando porros. Extrañando a su padre y a su perro. Gastando su vida jodida en soledad, perdido en el anonimato de una ciudad sin nombre, viviendo sin compromisos en una colonia de mala muerte. Pagando la dicha de vivir en libertad.
En M, un profesor de 53 años al llegar a su casa, fea, después de una reunión sindical, se le olvida cerrar la puerta. Al escuchar ruidos en el pasillo, se arma de valor y de una cazuela para golpear al intruso. Pero se encuentra con una niña de la calle, de quince años, que llora el abandono de su padre.  El profesor la llama M, y al día siguiente la lleva de compras y a presenciar su clase. Al regreso M, echa a correr huyendo de él, alejando la alegría. Sepultándolo aún más en el desamparo.
En Caminante, un muchacho, huyendo de los problemas de la escuela y el hogar, sueña un viaje a Guadalajara. Al llegar gasta su plata visitando cantinas y bares…  al despertar la realidad lo asalta: los sueños no son como los pintan.


Para la segunda parte: De las mujeres de memoria etérea, las mujeres son las que toman la voz. Si algo se le pudiera objetar a estos tres cuentos, es que no alcanzan a mostrar la psicología de las mujeres. Las protagonistas al final, si le damos un giro a los personajes, estos también pueden ser hombres. Los personajes femeninos están mal logrados.
En Ella, él, se cuenta el viaje de una pareja a través de 50 kilómetros para llegar a una capillita y casarse. Durante el transcurso sólo hay desentendidos y desencuentros en la pareja. Pero aún así, continúan adelante, tratando de encontrar al final, la puerta que los reconcilie. 
En Sé lo que quieres escuchar, una lesbiana es rechazada por otra que no lo es.
Y en Ron Cubano,  una mujer espera a su pareja en su casa, ella sabe que él, saliendo de la oficina, se dirige al crucero a vender sus poemas a los automovilistas. Mientras se toma unos rones, ella espera que él otra vez salga de su incapacidad creativa y le escriba más poemas. Al llegar a casa, allá por la madrugada, el poeta se encontrará con una sorpresa.
Aunque lo prosa es seca, plana, y carente de gracia, tal vez provocada por la grisura de los personajes, y la pretensión del autor de crear situaciones existencialistas en sus relatos, el libro se lee rápido. Este primer libro es un buen inicio para Darío. Sólo me resta recordar a los escritores jóvenes una máxima de Baltasar Gracián: hay que ponerse a salvo de los éxitos cuando se dan bastantes. Un éxito continuado es siempre sospechoso. La fortuna se cansa de llevar a uno a cuestas. A Darío le recomiendo que de vez en cuando se fabrique uno que otro fracaso.