jueves, 12 de septiembre de 2013

Amigo imaginario




 


Hay relatos que, a primera vista, parecen tan sencillos, que al leerlos uno podría pensar que cualquiera podría escribirlos. Pero esa aparente sencillez, tras una nueva valoración, evidencia con frecuencia una intrincada estructura que mueve muchos resortes de la memoria y de la vida. Se descubre entonces en lo narrado una naturalidad que se nutre, sin tregua, de espontaneidad e inocencia, pero también de argucia y picardía. Es el caso de Amigo imaginario, un relato transparente y vidrioso al mismo tiempo, conmovedor a toda hora a lo largo de una trama empapada de la necedad de un niño, como todos lo fuimos, cuando en la infancia inventábamos un camarada inseparable, conversábamos, jugábamos, peleábamos o maldecíamos con él para sentirnos menos solos y encontrar en ese otro inexistente reflejos de reflejos de nuestro propio ser huidizo. Al final no se sabe quién inventa a quien.

 Amigo imaginario es un relato salpicado de humor, de gracia recurrente y fina ironía, de instantes que rayan en lo soez y en lo indecente pero que al mismo tiempo chispean de encanto y simpatía, como cuando el niño narrador admira en las paredes del consultorio del doctor Rudy unas copias de las pinturas Dormitorio en Arles y Campo de trigo con cuervos del eternamente enigmático Vincent van Gogh. Amigo imaginario es un relato logrado, sinuoso como la propia niñez, un cuento para chicos y grandes, que cierra con un final casi inesperado, casi sorpresivo, como lo quiere cierta cuentística provocadoramente tradicional. Ramón Lara Gómez (Palenque, 1972) es ya un narrador consumado, autor de varios volúmenes de cuentos y la novela La puerta de enfrente y ahora de este inesperado y bien construido relato que llega desde la infancia.

 
Jorge Bustamante García

Morelia, primavera de 2013

 

 

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Lados B

RAMÒN LADO B

Ernesto Hernández Doblas


I

Todo escritor es un solitario y su escritura es una forma de guardar silencio. Allá en las regiones de su soledad dialoga con fantasmas y sombras, ajeno en tales momentos al momento del mundo. Una sutil misantropía guía su quehacer; no es con exactitud un odio al ser humano pero se le parece, porque para decir verdad con su verdad tiene que ser un lúcido detective de la mentira en la que suele complacerse el común de sus hermanos. Es un actor el escritor, un personaje que finge relacionarse con los demás, que finge saludarlos cuando los saluda, que finge vivir en los carnavales de lo social. En realidad todo lo observa con ojos de palabra. Va entre los seres y las cosas como quien se goza haciendo el inventario de una fábrica de imágenes. Como quien va recordando sueños de otro tiempo en el que el tiempo no era sino testigo invisible del abismo. Todo escritor es un solitario y su escritura es una forma de guardar silencio. Guardarse en el silencio. Las palabras del que escribe no son de las que intentan reducir el mundo a palabra sino al contrario, es decir, su meta última es abrir la dura cáscara del mundo y hacerla estallar en juegos de sentidos/imágenes y ritmos de tal manera que al final del trayecto, si éste fue enmarcado en la verdad literaria y en la del Hombre, entonces  el escritor y quien lo lee ven el rostro de un silencio que los bendice y los reconcilia con la vida y con la muerte.





II

Desde siempre, bajo el castillo donde habitan los que de la literatura hacen un juego de poder, respiran y trabajan con paciencia los demás, los otros, los que no quieren ese poder que tanto brillo tiene ante los ojos de los que tienen alma de súbditos, con la esperanza de algún día ocupar el trono codiciado o por lo menos de lustrarlo con sus lenguas prontas y prestas. Desde siempre, fuera del lugar donde los reflectores estrellan su artificial luz sobre las cosas, un lado subterráneo de la vida se hace su espacio propio, da a luz astros desconocidos y extraños pero infinitamente más profundos que los que sobre la superficie gozan su liviandad. Lados B, es una muestra de parte de la narrativa que se hace en nuestro país con el espíritu bien puesto en las zonas del riesgo. Escritores y sus textos conjuntados por Mauricio Bares, uno de esos prófugos de las cárceles de oro donde la literatura suele ser fingimiento y lujo sin lujo. Perteneciente a una generación o por lo menos a un grupo de piratas de la palabra que hace algunos años tomaron por asalto las mortecinas burocracias de un medio literario que más de una vez puso el grito el cielo y con el Jesús en la boca expulsó del paraíso a los rijosos. Sin embargo, más allá de lamentaciones o nihilismos chic, ellos se dieron a la tarea de construirse una isla a la medida de sus anarquías. En el caso de Bares, ahora nos presenta un nuevo producto de sus irredentos entusiasmos. Nuevo producto muestra de que la nobleza y la guerrilla si suelen llevarse bien. Lados B es un recorrido breve pero sustancioso por la república de las letras, pero no de aquellas que se acomodan a los usos y costumbres sino las que ante todo tienen como premisa el riesgo. Riesgo que en todo caso es característica esencial de lo que hace que la palabra escrita sea movimiento y revolución. Evolución. Ciclo renovado. Los escritores que aquí podemos leer no se andan por las ramas en cuanto a la claridad de sus apuestas. Ya sea en cuanto a los temas o en cuanto a las formas, van y toman lo que es suyo: la imaginación y la palabra no domesticadas. Podrán parecernos los resultados mejores unos que otros, pero el esfuerzo por darnos a conocer parte de ese Lado B de la literatura es digno de agradecerse en un país que tiende a la uniformidad del gusto y al elogio de las vacas que pastan en su sagrada paz.









III

Ramón Lara Gómez nació en Chiapas hace 39 años. En Palenque, para ser más específicos. Pero vientos del destino lo trajeron hasta este Michoacán. A Morelia, para ser más específicos. Con el veneno de inquietudes literarias ingresó al taller de La Cúpula, coordinado en ese tiempo por el maestro Javier Larios quien le dio las primeras herramientas y estímulos para que anduviera los caminos de la palabra. Desde entonces, ha publicado en algunas páginas de suplementos y revistas, así como algunos libros de narrativa. Desde que tuve la oportunidad de leerlo vi algunas de las características de su estilo y su poética. Dos de las cuales me han llamado desde siempre la atención. La primera de ellas, que he tenido oportunidad de confesarle más de una vez es el matiz poético de su decir. Más allá de algunas imágenes o metáforas con las que los narradores suelen embellecer y abrir las posibilidades de interpretación de su vocación de contar, en el caso de Ramón, me ha parecido desde siempre que un verdadero aliento poético se abre paso en sus narraciones, algunas de las cuales son poemas con todo derecho, tanto por su brevedad como por ser en sí, una imagen del mundo más que un relato del mismo. Este aspecto de su producción literaria me ha sido claro desde Palenque, la punta del campo, su primer libro publicado, en donde la nostalgia recorre las islas de este campo de palabras que es mar de silencios meditados por el autor. Su segundo libro lleva por título El mono ermitaño, una novela de breves capítulos que confirma que Ramón habla en serio cuando habla de tomar a la literatura como musa y demonio, como forma de diálogo y silencio. Desde entonces hasta la fecha ha participado en algunos concursos literarios y ha sido incluido en libros colectivos del cual esta es una de las más recientes muestras. En Lados B, se incluyen 14 narraciones breves que son 14 relámpagos que por aquí y por allá caen sobre los ojos del lector, que podrá acercarse a este universo literario y darse cuenta de su valor. 14 narraciones breves que desde mi punto de vista tienen 2 principales hilos conductores. Aunque sus historias parecen distintas, en el fondo van unidas por un tema que las recorre: el escritor y su circunstancia. Ya lo dijo alguna vez Octavio Paz, al quedar huérfano de mecenas y de un lugar digno en la sociedad, el escritor habla de la escritura en sus escritos, además de que la modernidad ha engendrado un estilo crítico y auto-crítico para los que hacen uso de las palabras. Así entonces, al igual que en alguno de los cuentos de Salvador Elizondo, el escritor escribe sobre un escritor que escribe la historia de un escritor. Juego de espejos. Multiplicación de los reflejos sobre el agua transparente de la página. Así, Ramón Lara nos dice por ejemplo en Recomendaciones “tampoco he escrito  el poema número 20, porque las musas no me tienen dado de alta en su diccionario de escritores”. El segundo tema de estas minificciones es la muerte, uno de los que abarca toda la historia de la literatura. La muerte, invitada de honor para quien ha sabido morir de vida. De manera indirecta o directa Ramón apunta sus flechas literarias a esa dama dark y da en el blanco y en el negro. Muerte que es melancolía o melancolías con sabor a muerte. Tarjetas postales de un presente que de tan oscuro parece un futuro probable, escrito por algún escritor loco y borracho, por un profeta sumido en la tristeza. Muerte que de pronto salta a la vista de un niño que ama de su abuelo ese archivo vivo que repasa la historia del mundo desde el primer día del bing-bang hasta el último silencio de unos ojos que ya no tienen nada que decir. Mancha en la pared que es en realidad el reflejo de lo que somos. Muerte de ese tranvía llamado deseo e ilusión, en las piernas podridas de Bertha que ve desmoronarse el castillo en el aire donde jamás habitará. Muerte que observa y es observada. Estos textos hablan de muerte y sin embargo son la gota que derrama el vaso de la vida, de lo vital, de lo que desde la mirada del escritor tiene derecho a ser nombrado. Ramón va deletreando cada historia, cada imagen en donde vemos el mundo o por lo menos una parte del mundo, esa parte donde la tristeza se hermana con un vaso de alcohol y un poema de ceniza. Podemos decir que un proceso de madurez sin vuelta de hoja habla a través de estas historias. Una escritura pausada, una construcción sin aspavientos. Vuelvo entonces a decir que Ramón tiene alma de poeta y en el aire compone cada una de estas historias ágiles y profundas a la vez. Alma de poeta que se ve reflejada en esa síntesis, en esa capacidad de crear imágenes y ritmos. Brevedades. El escritor de relatos cortos no puede sino ser contundente. Tejer bien cada hebra de su texto para que no nazcan hoyos negros por donde la atención del lector escape o donde la intrascendencia pase lista de presente. Tiene sus complejidades la brevedad. Complejidades que Ramón resuelve bien, que bien acomoda en cada historia, que hace, como en todo buen relato breve, que la mente del lector sea el escenario donde éste se sigue escribiendo, donde los paisajes, los diálogos y los fantasmas, resuenen en la caja de sorpresas de la siempre sorprendente imaginación humana.

lunes, 29 de agosto de 2011

Michoacán va por más...

No hubo peor poeta que Margarito Flores,
y atormentó a los niños con sus zalamerías
que él y los profesores
llamaban Poesías.

Confiaba en el futuro y en honras imponentes:
soñó con una estatua coronada de flores
entre los presidentes
y los gobernadores.

Todos los que le odiamos sufrimos la tortura
de recitar sus versos en todas ocasiones
frente a la prefectura
y a coro en los salones.

Merecía más odio, pero el piadoso olvido
cubrió su anonimato de negra existencia:
el arte pretendido
le dio su exacta ciencia.

                                                            Juan Domingo Argüelles.

Cada que termina una Administración Estatal, e inician las precampañas para la siguiente, es tradicional que los “Promotores Culturales” que observan nubes oscuras sobre sus cabezas y ven amenazados sus privilegios, se desvelen por acercarse al candidato a gobernador, del partido en el poder, para ahora sí, después de sus experimentaciones culturales y fallidas gestiones, entregarle un nuevo paquete de propuestas y buenas intenciones a favor de los artistas michoacanos. Pero como siempre ocurre, ya que están sentados dirigiendo el Destino Cultural de Michoacán, sólo se dedican a esperar las quincenas jugosas que gota a gota los alejan de pasar las penas que sufren los auténticos creadores por la falta de apoyos. Da pena ajena ver como una Señorona (aspirante a escritora) se pelea por obtener otro puesto más en su trayectoria. Un Aporrea Teclas quiere seguir con su beca vitalicia, y un Funcionario X desea conseguir un Record Guiness por mantenerse durante tantos años en los mejores puestos culturales que se ofrecen en la Secretaría de Cultura. Esperemos que los creadores despierten, que Michoacán despierte. Que todos nosotros NO VAYAMOS POR MÁS… hay que vacunarse contra las frases del mejor poeta de mi colonia: El arte no sirve para nada. La literatura no sirve para nada. El dinero sí…

martes, 28 de junio de 2011

El Catoblepas

El Catoblepas

En tiempos recientes, la Literatura Michoacana ha sufrido una explosión de escritores jóvenes que ejercen su oficio a través de la novela, la poesía, el ensayo y el cuento, con la pretensión de darle al mundo otra mirada. Jóvenes, la mayoría egresados de la Escuela de Letras, que apuestan por su vocación hallada. Jóvenes que tendrán que buscar dentro de sí mismos, si quieren crear algo AUTÉNTICO, devorarse a sí mismos como ese animal fantástico coleccionado por Borges en su Manual de Zoología Fantástica: El Catoblepas. Jóvenes que tendrán que bucear en su propia experiencia para poder inventar historias. Dirán algunos que esto no es necesario, pero en el fondo así es desde que Flaubert dijera: Madame Bovary soy yo.  Darío Zalapa Solorio es muy joven, nació en 1990 en Paracho, Michoacán. En 2010 ganó el IV Concurso de Ópera Prima, Narrativa, con su primer libro de cuentos: Personas desde el fondo de la laguna. Libro divido en dos partes: De los hombres de condición austera y De las mujeres de memoria etérea. En la primera parte, se incluyen los cuentos: Caín sin Rulfo, En alguna calle sin nombre, M, y Caminante. En estos cuatro cuentos encontramos tres monólogos de narradores protagonistas y uno narrado desde una segunda persona. Curiosamente en todos los cuentos del libro los narradores protagonistas no dan sus nombres. Con una mirada fría hacia su entorno y hacia ellos mismos, estos hombres y mujeres, sólo se limitan a contarnos sus experiencias y lo que para ellos significa la ruta de sus vidas.
 En Caín sin Rulfo, el Director de la revista Muros de Guadalajara, llega a Morelia para desempeñar el cargo de jefe redactor de la imprenta universitaria. Mientras espera el taxi que le envía la universidad para recogerlo él nos cuenta sus preferencias de lectura: Sartre, Kafka, Camus, Saramago y su entrañable Rulfo que deja olvidado en la casa de su madre. Entre espera y espera, a pinceladas, nos cuenta su fracaso amoroso con Sara y el futuro que le espera en su nuevo trabajo… que promete ser brillante, pero que se puede tornar gris como este día de viaje.
En alguna calle sin nombre, un muchacho que trabaja en un negocio de renta de películas, pasa los días bebiendo y fumando porros. Extrañando a su padre y a su perro. Gastando su vida jodida en soledad, perdido en el anonimato de una ciudad sin nombre, viviendo sin compromisos en una colonia de mala muerte. Pagando la dicha de vivir en libertad.
En M, un profesor de 53 años al llegar a su casa, fea, después de una reunión sindical, se le olvida cerrar la puerta. Al escuchar ruidos en el pasillo, se arma de valor y de una cazuela para golpear al intruso. Pero se encuentra con una niña de la calle, de quince años, que llora el abandono de su padre.  El profesor la llama M, y al día siguiente la lleva de compras y a presenciar su clase. Al regreso M, echa a correr huyendo de él, alejando la alegría. Sepultándolo aún más en el desamparo.
En Caminante, un muchacho, huyendo de los problemas de la escuela y el hogar, sueña un viaje a Guadalajara. Al llegar gasta su plata visitando cantinas y bares…  al despertar la realidad lo asalta: los sueños no son como los pintan.


Para la segunda parte: De las mujeres de memoria etérea, las mujeres son las que toman la voz. Si algo se le pudiera objetar a estos tres cuentos, es que no alcanzan a mostrar la psicología de las mujeres. Las protagonistas al final, si le damos un giro a los personajes, estos también pueden ser hombres. Los personajes femeninos están mal logrados.
En Ella, él, se cuenta el viaje de una pareja a través de 50 kilómetros para llegar a una capillita y casarse. Durante el transcurso sólo hay desentendidos y desencuentros en la pareja. Pero aún así, continúan adelante, tratando de encontrar al final, la puerta que los reconcilie. 
En Sé lo que quieres escuchar, una lesbiana es rechazada por otra que no lo es.
Y en Ron Cubano,  una mujer espera a su pareja en su casa, ella sabe que él, saliendo de la oficina, se dirige al crucero a vender sus poemas a los automovilistas. Mientras se toma unos rones, ella espera que él otra vez salga de su incapacidad creativa y le escriba más poemas. Al llegar a casa, allá por la madrugada, el poeta se encontrará con una sorpresa.
Aunque lo prosa es seca, plana, y carente de gracia, tal vez provocada por la grisura de los personajes, y la pretensión del autor de crear situaciones existencialistas en sus relatos, el libro se lee rápido. Este primer libro es un buen inicio para Darío. Sólo me resta recordar a los escritores jóvenes una máxima de Baltasar Gracián: hay que ponerse a salvo de los éxitos cuando se dan bastantes. Un éxito continuado es siempre sospechoso. La fortuna se cansa de llevar a uno a cuestas. A Darío le recomiendo que de vez en cuando se fabrique uno que otro fracaso.
    

lunes, 30 de mayo de 2011

El Paraíso Perdido

El paraíso perdido

Una vez fuimos a la parte del Cerro de la Cantera a buscar hongos, íbamos mi hermana, mis primas y yo, andábamos perdidos pero pasamos por un bosque que hay allá y nos cansamos y vimos como una casita pequeña y nos metimos a descansar, pero nos habíamos equivocado, porque ahí había duendes que mataban, entonces los vio mi prima, nos lo enseñó. Cuando nos levantamos porque estábamos sentados y les dije corran, entonces corrían, pero mi prima casi se cayó en el pozo grandote y yo la alcancé a agarrar pero yo sentía miedo. Les dije que no tuvieran miedo que siguiéramos corriendo pero cuando nos apareció un señor ahorcado y empezamos a llorar bien mucho y corríamos más, mi prima encontró el camino y seguimos corriendo a casa, llegamos pero llorando.

María Trinidad Manzo Diego, 12 años
Santiago Tangamangapio

Cada cierto tiempo, para no llenarme de apuntes y abortos de poemas, cuentos y novelas que no tuvieron buen destino en este mundo, y que pueden ser usados en mi contra por horrendos, si algún día mi familia los publicara (aunque hay escritores que en vida comenten esas atrocidades, contra ellos mismos, deslumbrados por la fama efímera, las publicaciones y los premios), acostumbro hacer una limpia a los documentos de mi computadora. Me estaba portando feroz contra mí (con los demás no tengo el corazón, aunque seguido también hago limpia de mi librero, porque hasta los malos libros, como la mala hierba, contaminan, y ahogan a los buenos libros), en esas estaba, revisando archivos y eliminándolos, cuando me encontré con un documento de breves relatos de los niños y las niñas P'urhepecha de la región Meseta y Cañada. Leyendas, fábulas, historias familiares nos contaron los niños de los Albergues Escolares Indígenas de Santiago Tangamangapio; J. Jesús Díaz Tziriro de Pamatácuaro y San Isidro, Mpio., Los Reyes; también anduvimos por Patamban, Mpio., Tangancícuaro y Santo Tomás, Mpio., Chilchota, Michoacán. En esos albergues, l@s niñ@s, de lunes a viernes, se hospedan, alimentan, estudian, asean, realizan algunas actividades extraescolares  y conviven como hermanos durante el ciclo escolar de educación primaria. Los sábados y domingos regresan a sus hogares en diversas localidades circunvecinas a los Albergues, para ayudar a sus padres. Exactamente no recuerdo cuando fuimos, pero sé que fue hace mucho tiempo, apoyados por Álas y Raíces a los Niños e invitados por el CDI de Michoacán y coordinado por Argimiro Cortés Esteban. Con alegría nos recibían a mí y a Juan Guerrero en sus escuelas, en los albergues escolares indígenas y donde se pudiera trabajar con ellos. En las sesiones de pintura, animados por Juanito, dibujaban el paisaje del lugar que habitan: sus cerros llenos de árboles, ríos de aguas azules, transparentes, y los animalitos de la zona y de las granjas. Sus dibujos desbordaban de color y alegría. Otros niños pintaban al mar aunque no lo conocieran, pero sus sueños y la imaginación los transportaban a lugares desconocidos y que al inventarlos a través de los dibujos y de sus cuentos ya eran suyos y habitables. En estos días a través de sus palabras, que respetamos con puntos y comas, en sus formas de expresión de cada niño, he viajado de nuevo a sus pueblos, he viajado en el tiempo, al pasado, cuando en esa zona se respiraba la paz en Michoacán. Cuando sus caritas eran felices. A esos niños, ahora adolescentes, hay que regresarles el paraíso perdido.

lunes, 4 de abril de 2011

Céfero

Qué orilla a un escritor a renunciar a escribir. Qué lo obliga a decir “no”. El asunto es muy complejo, a Juan Rulfo, después de que publicó Pedro Páramo y El Llano en llamas, los periodistas, entrevistadores y cientos de curiosos, a la primera oportunidad, le preguntaban por qué había dejado de escribir… y él sabiamente les contestaba: Yo no he dejado de escribir, he dejado de publicar. Y Juan Rulfo jamás dejó de escribir, sólo que todo lo que salía de su pluma era un reciclaje de Pedro Paramo, y siendo así, lo escrito no valía la pena. En Michoacán tenemos a nuestro propio Rulfo en el escritor de Tingüindín Xavier Vargas Pardo. Quién publicó Céfero en mayo de 1961 en la colección de Letras Mexicanas del Fondo de Cultura Económica. A un buen y excelente escritor como Vargas Pardo esto le hubiera bastado para ser catapultado a la fama y al prestigio con este único libro de cuentos. Para el escritor que publicaba en esta colección en los años 50 y 60 significaba grandes tiradas, difusión mundial, recibía la atención de la crítica y las traducciones a varios idiomas (el Llano en llamas se tradujo a 24 idiomas poco después de su publicación). Con Vargas Pardo no ocurrió así. Entonces qué pasó con él. Es un misterio. Sobre su vida no hay escrito nada, en internet sólo circula una reseña de su obra comparada con la de José Rubén Romero. En voz de Arturo Molina me enteré que después de publicar Céfero, Xavier Vargas Pardo no volvió al Fondo de Cultura Económica ni por el cheque de sus derechos de autor. Y que lo único que hizo después fue pintar y exponer y vender sus cuadros en New York. Y une entiende eso, porque si uno le entrega el cuerpo y el alma a la literatura se muere de hambre. Después de su muerte ocurrida en Guadalajara, México, en 1985, su familia, a diferencia de otros escritores michoacanos que los promueven, a través de fundaciones y asociaciones fantasma, hasta el hartazgo, con homenajes cada 15 días, y sacándole lustre a una obra que nació envejecida desde el momento de su escritura, no ha hecho nada por gestionar homenajes y publicaciones merecidas para Vargas Pardo. Los lectores nos hemos quedado con las ganas de leer algo así como: Los cuadernos de Vargas Pardo o Pardo y Rulfo o de perdida sacar un batazo como: Cartas a mi Mujer, para que nosotros nos deleitáramos cuando menos con relatos frágiles e intimistas en caso de que existieran. Porque en sus cuentos, Vargas Pardo es muy duro. Su personaje Céfero, es el narrador protagonista de todos los cuentos. Es un campesino que utiliza un lenguaje regionalista, calculador, grosero y picante. Pero qué escritor no es regionalista: todos los escritores del mundo somos regionalistas por que hablamos de nuestras regiones (Joyce y su Dublín). Céfero lo mismo se pasea viviendo sus aventuras en el campo y en los pueblos grandes, desempeñando variados oficios para sobrevivir. Los relatos de Céfero están llenos de una agilidad y una violencia pasmosa, y perdón por lo que voy a decir, pero creo que esto no le quitará el sueño a nadie, están llenos de una violencia, ironía y frialdad a lo Rulfo. Con esto no quiero decir que Vargas Pardo copiara vilmente al escritor de Sayula, con esto quiero decir que Vargas Pardo, al igual que otros escritores contemporáneos a Rulfo se vieron influenciados por él. “Dios mediante”, último cuento de Céfero, tiene similitudes con “Díles que no me maten” y “La Cuesta de las Comadres”, de Rulfo. Aquí cabe señalar que no es malo tener influencias, sino tener malas influencias. Quizás he aquí el asunto de que la obra de Vargas Pardo después de su publicación no haya generado críticas favorables ni desfavorables en tierra de indios. En la contraportada de la segunda edición de Céfero se lee que Juan Rulfo dijo sobre Vargas Pardo: Este se las sabe de todas todas… ¿Sería elogio o ironía?
Cansado de la ceguera y el canibalismo, por no decir estupidez, de los funcionarios, que caen seguido por el Departamento de Literatura de la Secum, iniciando el 2008 estuve a punto de renunciar, pero una llamada me hizo frenar mi renuncia. Del otro lado de la línea estaba el poeta Marco Antonio Regalado dándome la noticia de que él sería el nuevo Jefe del Departamento de Literatura y quería platicar conmigo. El siguiente sábado, en mi casa, toda la tarde estuvimos proyectando qué era lo más viable para darle respiración artificial a este departamento agonizante. Acordamos pa’ pronto invitar a todos los poetas y narradores a participar en la antología Olvidados y Excéntricos y crear los Premios Michoacán de Literatura, y conjuntarlos con el Rubén Romero, el de Humor Negro y los de Ópera Prima, durante toda la tarde ideamos revivir el premio de poesía, y otros más, y ponerles nombre… cuando llegamos al de cuento, corrí a mi librero, saqué el libro de Céfero y le comenté bauticémoslo: Premio de Cuento Xavier Vargas Pardo, este escritor es buenísimo. Y así quedó y también los otros, como el Carlos Eduardo Turón y el María Zambrano. (Espero ganarme uno de estos cuando me jubile, para entonces, creo, el premio rondará por los 100 mil dólares suficientes para mis gastos médicos y unos buenos funerales).
 El 30 de mayo del 2011, uno de los libros por los cuales deben estar orgullosos los michoacanos, Céfero, cumple 50 años de haber sido publicado, y el libro sigue como el primer día, joven, fresco, con una prosa brillante que apura su lectura a latigazos. Este libro maravilloso se puede resumir en esta sentencia lanzada por uno de mis personajes de mi novela La puerta de enfrente, Manzi Gregory, cuando observa un cuadro de Van Gogh, “Para el arte no existe el tiempo”.  A mí cuando me preguntan por qué no publico dos veces al año, les contesto: Prefiero no hacerlo…       

viernes, 1 de abril de 2011

El despojo soy yo

Uno no elige sus influencias. Cada vez que el escritor imita un estilo que no le pertenece muere un poco, se debilita. Finalmente el estilo se va formando a través de los ejercicios personales, el sufrimiento propio o los descubrimientos que se hacen a lo largo de la vida. El propósito de este libro fue reunir a través de una selección a un conjunto de escritores que hubieran sido contaminados por el virus de Charles Bukowski: no que se apropiaran de su estilo o escribieran de nuevo los relatos que el viejo ya había escrito con sabia perversidad, sino que compartieran en algo sus obsesiones o su mirada cínica. “Me oculté en los bares porque no quise ocultarme en las fabricas”, escribió Bukowski para quien no existían razones para amar la vida si uno se encuentra sometido al tormento de trabajar ocho horas diarias: un cínico que no se consideraba parte de ninguna patria , ni tampoco de vanguardias literarias o de religiones salvadoras. Siempre a contracorriente de ortodoxias, cosmovisiones, idealismos o hermandades utópicas, la obra de Bukowski corroe la moral que intenta limitar el espíritu lúdico que los hombres necesitan para encarar la angustia cotidiana. Un hedonismo de moribundos recorre los relatos que se presentan en este libro: humor de quienes se asumen condenados a muerte, pero que desean también que la escritura sea parte de su propia vida. Ya Schlegel había descrito las pautas de una arte romántico afirmando que si el artista no crea obras capaces de poseer la personalidad de un amante mas habría valido que no se escribieran nunca. Los escritores reunidos en este libro son distintos entre sí en cuanto cada uno apuesta por un estilo personal, una manera de relatar que si bien está inspirada en Bukowski busca su propio camino o, si se quiere, su propia orfandad. A fin de cuentas uno busca la compañía de sus escritores preferidos para no sentirse tan solo en esta subasta de mercado en que se ha convertido la literatura contemporánea: y, por supuesto, ninguna compañía más incorrecta o dañina que la de Charles Bukowski.
Guillermo Fadanelli